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El Cardenal
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La celebración litúrgica de la Primera Comunión

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

La Primera Comunión de los niños suele celebrarse en nuestra archidiócesis a lo largo de los domingos del tiempo pascual. En estos meses tomamos conciencia más clara de cómo se realiza en concreto en nuestras parroquias y en algunos colegios el proceso de la iniciación cristiana de los niños, con sus luces y sus sombras, sus posibilidades y sus límites. Quizá por eso ahora, más que en otros momentos durante el año, es objeto de reflexiones personales que compartimos luego en reuniones de sacerdotes, catequistas y padres.

En nuestra reflexión y diálogo conviene tener presente lo que se dice sobre este punto en las Constituciones y en el Decreto General del Tercer Sínodo Diocesano sobre los distintos elementos que integran la catequesis, la preparación que requiere la celebración de los sacramentos y, en concreto, la Primera Comunión.

No contienen ninguna novedad especial, pero actualizar su vigencia pastoral y su urgencia canónica debe ayudarnos a todos -sacerdotes, padres, catequistas- a consolidar los criterios que nos vienen guiando en este punto y a comprender mejor la necesidad de corregir, si fuera necesario, prácticas discrepantes. La experiencia que vamos recogiendo a través de nuestras Visitas Pastorales reclama vivamente esta actualización de lo que el Magisterio y las normas de la Iglesia enseñan, exigen y recomiendan.

Ante todo es preciso reconocer y valorar justamente los esfuerzos pastorales que vienen haciendo sacerdotes y catequistas en la preparación y celebración de las primeras comuniones. Igualmente es notoria la preocupación de muchos educadores de la fe, que constatan que la Primera Comunión se ve afectada, en algunos casos, por el ambiente consumista de una fiesta social.

Muchas de las personas que acuden a la celebración de la Primera Comunión lo hacen más en calidad de familiares y amigos que como creyentes dispuestos a expresar y compartir su fe. Algunos no están habituados a participar en las celebraciones litúrgicas e incluso se confiesan indiferentes o no practicantes. El Plan diocesano de pastoral nos sugiere tener en cuenta el sentido evangelizador y misionero de la celebración.

1. La Primera Comunión es el momento en que el niño, incorporado ya a la Iglesia por el Bautismo, llega a participar plena y solemnemente en el sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor, la Eucaristía, que es la expresión perfecta de la fe. Es la celebración en que el niño se une plenamente a la asamblea cristiana, sentándose a la mesa eucarística con todos los creyentes. Es la culminación de un tiempo catequético en el que el niño ha ido descubriendo quién es Jesucristo. Es el encuentro de comunión total con el Señor. Es el inicio de una nueva etapa en la vida del niño para continuar creciendo en su fe, para ajustar su vida a lo que cree y para insertarse más en la comunidad cristiana.

2. La celebración necesita una preparación. La preparación no puede reducirse al “ensayo” material de la ceremonia, como si se tratase de un bonito espectáculo que se quiere ofrecer a quienes asisten. No puede ser algo ocasional, desligado de todo el proceso educativo en la fe. La misma preparación deberá hacer percibir la celebración como un momento importante en la vida del niño, que le impulsa a continuar su formación en la fe y su integración en el gran grupo de la comunidad cristiana.

3. El domingo, y sobre todo cualquier domingo del tiempo pascual, es el día más adecuado para que los niños participen plenamente, y por primera vez con toda la comunidad, en el Misterio del Señor. La misa de familias con niños, que se tiene habitualmente el domingo, es la celebración pastoralmente más indicada; si es necesario se distribuyen las celebraciones de Primera Comunión a lo largo de varios domingos.

4. El lugar normal de la celebración es la propia comunidad en la que el niño y sus padres viven habitualmente su fe, y en la que continuarán participando normalmente acabada la edad escolar. Colegio y parroquia deben, por tanto, realizar una pastoral coordinada, que establezca criterios comunes y contribuya, por su estrecha relación, al bien de los niños y de los padres, superando intereses particulares.

5. El deseo de hacer cercana la celebración no sólo a los niños sino también a las personas que les acompañan, no justifica el “crear” un rito diferente o demasiado original, muchas veces distante de la sencillez y sobriedad que supone una celebración eucarística y, en ocasiones, contraria a las normas litúrgicas de la Iglesia. La celebración deberá guiarse por el Directorio para las misas con niños y brindar una forma sencilla de participación en la liturgia centrándose sobre todo en la vivencia del Misterio Pascual y en lo que significa recibir a Jesús presente en las especies eucarísticas.

6. En la Eucaristía en la que los niños participan plenamente por primera vez se deberá acentuar sus elementos básicos y eliminar todo lo que pueda distraer o confundir. No debe convertirse en una enseñanza, sino más bien ser un encuentro entre Jesucristo y los participantes. No puede ser una misa tan especial que sea una total novedad para quienes frecuentan poco la iglesia, o algo que impida a los niños valorar adecuadamente la celebración posterior de otras eucaristías de domingo.

En esta celebración de la Primera Comunión no cabe infantilizar sus aspectos esenciales ni introducir elementos folclóricos, generalmente ajenos a la misma.

7. Aunque la mayoría de las veces los niños ya han participado en alguna celebración de la Eucaristía antes de su Primera Comunión, conviene no olvidar el carácter de iniciación de esta celebración y, por lo mismo, más que ofrecer el protagonismo a los niños que comulgan por vez primera, ha de ser la comunidad que los ha preparado la que los acoja e integre plenamente. El niño es el invitado principal, y por lo tanto, no conviene que ejerza las diversas funciones litúrgicas, creyendo que así participa más.

La celebración no puede plantearse como una función realizada por niños para regocijo de los padres y satisfacción o entretenimiento de los mayores.

8. El sentido de creatividad que a todos anima en estas ocasiones deberá esforzarse, más que en preparar un rito diferente, en fomentar el ambiente propicio para que se comprenda y viva el rito común que, en definitiva, será el que continúen viviendo los niños después. En esto conviene tener en cuenta una vez más las orientaciones que ofrece el Directorio para las misas con niños.

9. A veces, cuando llegan los días en que se celebran las primeras comuniones, se observa un malestar en el equipo sacerdotal de la parroquia, porque se teme que para algunos niños pudiera ser la “última” comunión, dada la forma como algunas familias entienden la celebración: más como una fiesta social que como una expresión viva de la fe.

10. Esta realidad puede descorazonar a los pastores responsables, que a veces optan por celebrarla masivamente y en pocos días. Es comprensible esta reacción, pero es necesario estudiar a fondo las causas de esta situación y esforzarse por buscar soluciones más audaces. Habrá que pensar en desmasificar la convocatoria, en crear y favorecer un clima celebrativo que asegure el sentido religioso y sagrado que pueda atraer la atención e interés de los participantes.

La celebración deberá resultar ágil; la participación, activa y fructuosa. Convendrá evitar toda sensación de pesadez o dispersión.

11. Se señalan a continuación algunos detalles que, sin duda, contribuirán a favorecer la autenticidad de la celebración:

a. Creación de un ambiente adecuado.

b. En el rito de acogida conviene hacer una breve presentación de los niños y un cálido recibimiento por parte de la comunidad.

c. En la liturgia de la Palabra debe buscarse una verdadera proclamación por parte de los lectores y el salmista. Por razones pedagógicas no conviene que sean los niños que hacen la Primera Comunión los que lo hagan. Las lecturas bíblicas pueden tomarse del Leccionario para las misas con niños, respetando siempre las festividades y domingos pascuales.

d. La homilía del sacerdote, a partir de los textos bíblicos propuestos y teniendo en cuenta la asamblea concreta, ayudará a todos a introducirse en el Misterio Pascual de Cristo que entrega su Carne y su Sangre por nosotros y por nuestra salvación, tratando de suscitar un compromiso de auténtica vida cristiana, alimentado en el amor al Señor, y evitando ,todo lo que no esté en conformidad con el sentido propio de la celebración.

e. La renovación de las promesas bautismales cobra relieve singular en esta celebración. Conviene que se hagan con alguna de las fórmulas que aparecen en el Ritual del Bautismo o que se proponen para la Vigilia Pascual, excluyendo otro tipo de formulario.

f. En la “oración universal” o preces de los fieles siempre se han de tener presentes las cuatro grandes intenciones: la Iglesia, el mundo, los necesitados y la comunidad local.

g. En la presentación de los dones se trata de llevar al altar sólo lo que tiene relación con la celebración de la Eucaristía. No es adecuado excederse en buscar otras ofrendas y simbolismos. En caso de querer resaltar alguno, invítese a todos a poner en común algo que valga para remediar una necesidad concreta. Puede ser una llamada a la generosidad en esta ocasión en la que generalmente se hacen gastos innecesarios.

h. Con la utilización de una de las tres plegarias eucarísticas propias de las misas con niños se coronará la catequesis que anteriormente se haya dado a éstos sobre la naturaleza y función de las mismas.

i. El rito de la paz es un gesto que expresa actitudes interiores. El gesto ha de ser auténtico, sencillo y cordial. Solamente se debe intercambiar con los que están al lado, sin abandonar el puesto ni alterar el orden y el ritmo de la celebración. La amabilidad y cordialidad no están reñidas con la sobriedad y el decoro. Los niños no deben salir de su sitio para buscar a sus padres ni dar la paz a todos los compañeros.

j. En el proceso de iniciación cobra relieve y expresividad el que sea el sacerdote el que distribuye la comunión a los niños. Es injustificable la práctica, inexplicablemente introducida en algún lugar en contra de las normas de la Iglesia, de que sean los mismos niños o sus padres quieres lo hagan. Es muy expresivo que los niños comulguen bajo las dos especies.

k. En todas las celebraciones se procurará la máxima participación de la asamblea fomentando aclamaciones breves, facilitando algún subsidio que permita seguir los cantos, las preces y los aspectos más significativos de la celebración.

l. El coro tratará de ejercer su función de apoyo al canto de la asamblea sin convertirse en el único grupo que cante. Procúrese seleccionar cantos sencillos, con auténtico sentido religioso, conocidos por la mayoría y evitando que todos sean escogidos exclusivamente para esa celebración. Sean cantos que expresen una fe viva y estén en consonancia con cada momento de la Eucaristía.

m. Ha de cuidarse también de que después de la Comunión se introduzca un momento adecuado de recogimiento silencioso para el coloquio personal de los niños con Jesús.

12. Por parte de muchas familias, juntamente con la búsqueda de un restaurante y demás gastos que consideran imprescindibles, figura también la preocupación por asegurar documentación gráfica y hasta sonora del acontecimiento. Los párrocos, los Consejos pastorales y los rectores de iglesias, además de ayudar a todos a valorar la austeridad y sencillez con que se celebra la fe, procuren establecer unos criterios específicos que comunicarán oportunamente a las familias, y eviten, a ser posible, todo movimiento de cámaras y focos durante la celebración litúrgica. Basta con seguir lo establecido en nuestra archidiócesis.

13. Merece la pena que se continúe trabajando por vicarías y arciprestazgos en la reflexión sobre los criterios que devuelvan una imagen más conforme con el sentido de la iniciación cristiana a todo lo que hoy implica la celebración de las primeras comuniones.

Con todo afecto y mi bendición,